MAYO 2009

Ser mujer en el siglo XXI

Por George Kennedy

Cuando le dije a Silvana, mi esposa, que pensaba escribir un artículo sobre lo que significa ser mujer en nuestros días, me preguntó que sabía yo de las mujeres como para salir a decir lo que ellas pensaban; claro que su pregunta me sonó en extremo feminista, y no tuve una respuesta sensata que ofrecerle, hasta que dos o tres días más tarde, cuando tomé la determinación de escribir este artículo, me di cuenta de que no es necesario ser mujer ni saber nada sobre ellas para percibir lo que significa Ser mujer en el siglo XXI, porque Ser mujer en el siglo XXI es, o al menos debería: ser uno más.   Nadie duda de que los tiempos han cambiado, como tampoco nadie duda de que la mujer ha sido, es y será el sostén de la familia y por ende de la sociedad tal como la conocemos; pero muchos dudamos de que haya recibido el lugar que realmente se merece. ¿A qué viene lo anterior? Primero que nada debo decir que no es el espíritu de este artículo sobrevalorar un género sobre el otro, no se trata de una postura machista ni feminista, ninguna conduce a nada, en todo caso deberíamos decir que la nuestra es una postura humanista (en el sentido de los valores humanos); es éste un artículo que intenta, de alguna manera, ingenua tal vez, cuestionar el lugar que como sociedad le hemos dado a la mujer en nuestro circo social y hacer énfasis en el rol que ella ha cumplido a lo largo y ancho de la historia. Por supuesto que el papel de las mujeres varía en función del tiempo y de las diferentes culturas y costumbres, en algunas tiene más preponderancia que en otras, y en ciertas culturas pasa totalmente desapercibida o vive subyugada, como ocurre en ciertas regiones de China; pero como tampoco es nuestro propósito escribir este artículo con un enfoque antropológico, sino que es algo que apunta a dar una idea del impacto social que la insuficiente equidad entre géneros suscita en nuestras sociedades, con una visión claramente occidental y moderna, hablaremos de la mujer hispana del presente. Desde la era primigenia de la humanidad las mujeres han estado destinadas al silencio y a las obligaciones caseras; sin intención de ser fatalista, diría que en la sombra de un mundo forjado por y para los hombres. Resulta difícil crearse una idea de la situación de la mujer en el período anterior a la agricultura. En el patriarcado no es elevada a la condición de persona, sino que forma parte de la propiedad privada del hombre. La situación de opresión en que vivió la mujer en el transcurso de la historia no fue modificada ni siquiera por la ideología cristina, y no es sino hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX que se ve a las mujeres en un intento por lograr  la igualdad de derechos civiles y políticos, logro que en nuestro país les es dado recién en 1934.  El año 1935 es proclamado como el Año Internacional de la Mujer, pero sólo a partir de 1980 comenzarán a tener lugar vertiginosamente las reformas concernientes a la libertad de las mujeres, hasta llegar a la supresión de todas las formas de discriminación contra su género. Actualmente hay todo un marco legal que tiende a proteger sus derechos, al punto que en nuestra legislación se ha incorporado la Ley de cuotificación electoral, que asegura una mayor participación de las mujeres en las hojas de votación de cara a las elecciones internas. Cada tres candidatos, uno debe ser de otro sexo.  Pese a lo anterior (es decir: a que legalmente, en nuestro país, no existan formas de discriminación), y debido a que mayoritariamente existe en ellas falta de capacitación, menor experiencia laboral, sin dejar de lado las habituales exigencias domésticas, se ve obligada a optar por trabajos de bajo y muy bajo rendimiento e ingreso pecuniario insuficiente. Debe añadirse que existe una desigual división del trabajo que le impide participar en diferentes ámbitos en procura de equidad y de encontrar garantías que faciliten y motiven una entrada igualitaria al empleo y, fundamentalmente, a los puestos de decisión, para de este modo lograr un desarrollo pleno de sus capacidades y tener acceso a mejores remuneraciones, para que su trabajo deje de ser un mero complemento del ingreso familiar.  Pero es la mujer misma la que debe tomar conciencia de que en los hechos la independencia únicamente llega a ser verdadera cuando se alcanza la independencia económica; en tanto ella siga viendo al hombre como el legítimo proveedor, no podrá dejar de lado los patrones socio – económicos heredados de una sociedad generadora de “machos”. Es por eso que la mujer del siglo XXI, y no alcanza con decirlo, debe prepararse para ser productiva y tener un empleo de buena remuneración.

Sin dudas el reto más difícil al que tienen que enfrentarse las mujeres hoy día es compatibilizar su vida personal con la laboral, porque esto último no afecta solamente al género, sino que afecta a la sociedad como tal.  Se ha hablado de que la mujer debe percibir un sueldo por su trabajo como ama de casa, es que si se tiene en cuenta su labor deberíamos decir que es el colectivo laboral más grande de cualquier nación, trabaja más de ocho horas diarias durante los 365 días del año y ejecuta incontables actividades para desempeñar satisfactoriamente su tarea, sin recibir a cambio remuneración alguna. Los movimientos feministas centran su labor en los derechos de la mujer que trabaja fuera de casa y en la violencia doméstica (acertadamente) olvidando que el trabajo de la mujer ama de casa es el eje sobre el que gira la familia, blasón de toda sociedad moderna y no moderna. Pero el tema es polémico no sólo en ciertos ámbitos sociales, sino que un alto porcentaje de las mujeres no cree merecer un sueldo por lo que hace y otro número elevado de ellas sostiene que cuidar de la familia es parte de sus responsabilidades. Un dato: En el 90 % de los hogares donde hombre y mujer trabajan fuera de casa es la mujer la que, luego de cumplir con su jornada laboral de ocho horas, se hace cargo de todas las tareas domésticas mientras el marido se distiende de un día agotador mirando el partido por TV. Las actividades que realizan son muy variadas y es posible dividirlas en los siguientes ítems: aprovisionamiento del hogar, cuidado de los niños, limpieza de la casa, costura, preparación de los alimentos, cuidado de enfermos y ancianos, etc, etc, etc…     La mayor parte de las tareas antes mencionadas las realizan prácticamente todos los días, como por ejemplo: hacer las camas, lavar los trastos, cocinar, servir la mesa, asear a los niños y llevarlos a la escuela…  Todo el mundo reconoce que el trabajo de una mujer en el hogar no es nada fácil. Aunque sin horario fijo, dedica muchísimas horas a múltiples tareas. Los fines de semana, cuando la mayor parte de los trabajadores descansan, para ellas redunda en mayor trabajo. A las tareas anteriores deben sumarse otras muchas tareas que realizan con cierta periodicidad. Supongo que todos han escuchado ese adagio que dice: “El trabajo de una madre nunca termina”. Algo es seguro, si las mujeres hicieran afuera todo lo que hacen en casa, estarían ganando mucho dinero.  Ciertamente, para quienes piensen lo contrario, que probablemente los hay, ser una madre no es la salida más fácil, como tampoco es el camino de salida de la mujer de la mano de obra ni un trabajo sin valor, como bien dijo William Coleman.

Sin embargo, se las denomina población inactiva. Las mujeres son muchas cosas (profesionalmente hablando) en función de la hora del día, son cocineras, fontaneras, administrativas, meseras, empleadas del hogar, y más. ¿Acaso no resulta lógico pensar que su trabajo deba valorarse a precio de mercado? ¿Cuánto nos costaría a cada uno de nosotros, los hombres, pagar por todas estas tareas?  Una cosa es segura, el reparto de las tareas domésticas continúa siendo una utopía; mientras tanto, millones de mujeres ven cercenados sus sueños en pos de una labor que voluntariamente han aceptado hacer y que realizan con más amor que el cualquiera de nosotros puede dedicar a su trabajo.  Para terminar, otro dato: la ONU  insta a los gobiernos a que adopten una serie de medidas jurídicas u económicas, como su inclusión en el PBI, apoyo al reciclaje profesional que permita la reanudación de una actividad lucrativa, y la individualización de los derechos de la Seguridad Social ( acceso a la pensión). Por lo pronto, el sueldo para las amas de casa es un reclamo justo pero polémico que plantea algunos problemas de difícil resolución como ¿de dónde surgirían los fondos y si estaría destinado a todas las mujeres que cumplan funciones en el hogar?

 

 

 

 

 


 

 

 
 
 
 
 

George W. Kennedy