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Viernes, 18 Noviembre 2016 20:07

El varón del tango era uruguayo

  Por Eduardo Rivero
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Fue el orgullo de Las Piedras, Canelones. Fue el orgullo del Uruguay todo. Fue un impresionante cantorazo. Fue el máximo vocalista de tango uruguayo de la historia, con la excepción de Gardel, cuyo origen sigue y seguirá en controversia. Fue el único cantor de tango uruguayo que lo logró al más alto nivel en Buenos Aires, innegablemente la cuna y la meca del tango. Fue el último ídolo masivo hasta hoy en la historia del tango.

Todo eso y algunas otras cosas fue el gran Julio Sosa, sin dudas parte de ese puñadito de cantantes señalados como “los mejores”, compartiendo esa suerte de Olimpo de los dioses tangueros con nombres como Edmundo Rivero o Roberto Goyeneche.

Julio María Sosa Venturini nació en Las Piedras el 2 de febrero de 1926, hijo de Luciano Sosa, peón rural y la lavandera Ana María Venturini.

Su humilde cuna condicionó su educación, que no pasó de la primaria, ya que apenas adolescente tuvo que ayudar a sus padres trabajando en los más diversos oficios: ayudante de mercachifle, vendedor ambulante de bizcochos, podador municipal de árboles, lavador de vagone, cadete de farmacia y hasta marinero de segunda en la aviación naval.

Con apenas 16 años, se casó con Aída Acosta, de quien se separaría apenas dos años más tarde.

Ya en ese entonces participaba en cuanto concurso de aficionados al tango se realizase en Las Piedras y alrededores.

Se inició profesionalmente en la vecina ciudad canaria de La Paz como vocalista de la orquesta dirigida por Carlos Gilardoni.

Montevideo lo llamaba y en la capital cantó con las orquestas de Hugo di Carlo, Epifanio Chaín, Edelmiro “Toto” D'Amario y Luis Caruso. Junto a Caruso, precisamente, realizó sus primeras grabaciones, una histórica serie de cinco tangos en los estudios Sondor de la Calle Río Branco, en 1948, época en la que utilizaba el seudónimo “Alberto Ríos” que luego abandonaría.

El gran salto era cantar en Buenos Aires, y allí se traslado con apenas 23 años.

Su debut porteño se produjo en el bar “Los Andes” ubicado en la esquina de Jorge Newberry y Córdoba. Se probó en la orquesta de Joaquín do Reyes pero fue rechazado. Sin embargo muy poco después ingresó en la prestigiosa orquesta de Enrique Francini y Armando Pontier, compartiendo el rol de cantor solista con el entonces célebre Alberto Podestá.

En 1953 pasa a otra orquesta de real importancia, la dirigida por Francisco Rotundo, junto a la cual realiza grabaciones para el sello Odeón logrando sus primeros éxitos radiales como “Bien bohemio” y “Mala suerte”.

En 1955 lo convoca Armando Pontier para su orquesta y allí graba para los sellos Víctor y Columbia. De ese período son sus primeros grandes clásicos como “La gayola”, “Padrino Pelao”, “Enfundá la mandolina”, “Tengo miedo” y la primera de las versiones del inmenso y discepoliano clásico “Cambalache”.

Consolidado ya como una figura de primera línea, en 1958 se casó con Nora Edith Ulfed con la que tuvo una hija, Ana María. Ese segundo matrimonio tampoco duraría y su tercer casamiento sería con Susana Merighi, junto a quien estaría hasta su muerte.

Cuando empezaba una nueva década, en 1960, edita su único libro de poemas, titulado “Dos horas antes del alba”.

En ese mismo año sellaría el vínculo más importante de su carrera al vincularse al notable bandoneonísta y arreglador Leopoldo Federico, quien organiza una orquesta para acompañarlo en bailes y grabaciones que marcaría su período artístico más fértil y el más recordado popularmente.

Sus grabaciones junto a Federico continuaron en el mismo sello Columbia en el que venía grabando junto a Pontier. El éxito fue absoluto.

En las versiones junto a Federico, que incluyen “innovaciones” como órgano electrónico y coros femeninos, emerge el mejor Sosa, con sus más grandes éxitos como “La casita de mis viejos”, “Nada”, “En esta tarde gris”, “Rencor”, “El último café”, “María”, la impresionante versión de “La Cumparsita” con un recitado de su autoría y la segunda y más exitosa versión de “Cambalache”.

El periodista Ricardo Gaspari, a cargo del departamento de prensa y promoción del sello Columbia bautizó al cantor como “El varón del tango”, definición tan certera como exitosa y por la que se le recuerda hasta hoy.
En esos años iniciales de la década de los 60 el tango se encontraba en franco descenso y había estallado el fenómeno de la “Nueva Ola” con figuras como Palito Ortega, Violeta Rivas, Nicky Jones o Johnny Tedesco. Sosa, entonces el máximo exponente del tango vocal, se plantó firme frente al nuevo movimiento juvenil logrando vender tantos discos como cualquiera de los “nuevaoleros”.

El sitial de absoluto privilegio de que disfrutaba entonces lo llevaron a filmar su única película, “Buenas noches, Buenos Aires”, dirigida por el ya mítico Hugo del Carril, en la que canta la hermosísima milonga de Mariano Mores “El firulete”, que también baila junto a Beba Bidart. 
Desafortunadamente, la pasión del gran cantante pedrense por el tango la compartía con otra pasión: los automóviles. Tenía tres de ellos y conducía a todas velocidad sin medir los riesgos.

En la madrugada del 25 de noviembre de 1964 se estrelló contra una baliza luminosa en la esquina de la avenida Figueroa Alcorta y Mariscal Castilla. Fue internado en gravísimo estado y falleció sin recuperar nunca la conciencia al día siguiente, 26 de noviembre a las 9.30.

La multitud que asistió a su velorio obligó a que el mismo se trasladase al estadio Luna Park.

Inicialmente fue enterrado en Buenos Aires, pero tras un denodado esfuerzo, un grupo de admiradores y amigos personales uruguayos logró trasladar sus restos a su ciudad natal, Las Piedras.
Julio Sosa tenía una bellísima voz de barítono que manejaba con una enorme personalidad y un gran “acting”, al interpretar las letras. No era, sin embargo, una voz dúctil y plena de matíces-como si lo era Gardel, por ejemplo- pero su personalidad arrolladora suplía cualquier eventual carencia. Era extroversión pura. Cantaba todo el tiempo a mil, sin generar climas intimistas.

En el Uruguay existe una clásica frase que mucha gente repite casi mecánicamente: “Gardel me gusta, pero más me gusta Julio Sosa”. Sin querer entrar en polémicas, y sin discutir el derecho de cada quien de pensar como quiera, la frase parte de un error básico: Sosa tenía un estilo diametralmente opuesto al de Gardel, aún habiendo interpretado muchísimos tangos del repertorio gardeliano, y no es posible, del punto de vista musical, establecer esa comparación.

La grandeza de la figura de Julio Sosa se comprueba al pensar que en un siglo de tango cantado, Sosa fue el único cantor uruguayo en convertirse en un auténtico ídolo en Buenos Aires-descontando a Gardel, claro-. Hubo otros intérpretes de importancia como Alberto Vila, Enrique Campos, Carlos Roldán o más recientemente, Gustavo Nocetti, pero ninguno logró la idolatría que concitó Julio.

En febrero de este 2016 se cumplieron 90 años de su nacimiento y en este mes de noviembre, los 52 años de su muerte.

Julio Sosa no ha muerto, en realidad, porque ya pertenece a esos elegidos que merecen el rótulo de “inmortal”.

 

 

 

 

 

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