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Viernes, 18 Agosto 2017 18:17

La noche de la nostalgia en la balanza Destacado

  Eduardo Rivero
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Cada 25 de agosto, los uruguayos festejamos por partida doble: por un lado, un nuevo aniversario de la Declaratoria de la Independencia; por otro, la ya clásica Noche de la Nostalgia, que arranca a la medianoche del día 24 como forma de recibir el feriado y, ya que estamos, a la música de nuestros jóvenes años.

Respecto a la querida efeméride patriótica del 25 de agosto, del punto de vista histórico no hay duda alguna, por más que en estos últimos años las fechas patrias parecen codearse con un inmerecido olvido por parte, en especial, de las jóvenes generaciones.

El hecho es todos sabemos que el 25 de agosto de 1825 en la Piedra Alta, Departamento de Florida, a 95 kilómetros de Montevideo, con la presidencia del Presbítero Juan Francisco Larrobla se reunieron los representantes de los cabildos de la Provincia Oriental para firmar una declaración basada en tres leyes fundamentales: la de Independencia, la de Anexión a las Provincias Unidas del Río de la Plata y la de Pabellón, señalando la nueva bandera de este territorio con los colores celeste, blanco y punzó.

La Noche de la Nostalgia no goza de la misma unanimidad, no tanto en relación a su origen histórico, sino a su significación, ya que hay una tremenda hinchada a favor y otra no menos numerosa en contra.

Vamos a poner a La Noche de la Nostalgia en la balanza, intentanto medir este auténtico fenómeno popular en sus justos términos, sin descuidar ni sus pros ni sus contras.

Decía que su historia es muy reciente y muy clara: Pablo Lecueder, conductor del programa “Old Hits” en CX 32 Radiomundo organizó una fiesta con la música de su programa, básicamente viejos éxitos de los años 60 y 70 en la noche del 24 de agosto de 1978, a la que llamó “La noche de la nostalgia”. A partir de esa fiesta bailable inicial, la idea se convirtió en una arrolladora bola de nieve, al punto que hoy es impensable el mes de agosto sin esa celebración, que mueve una polifacética y potente industria en nuestro país. Ha sido tal el éxito y las proporciones que el fenómeno ha adquirido, que el propio gobierno nacional ha declarado la noche previa al 25 de agosto como “Noche de la Nostalgia” promulgando la Ley Número 17.825 e instruyendo a las embajadas de nuestro país en el exterior para que promuevan año a año el evento de cara a fomentar la actividad turística.

Pero vayamos a la balanza

En el plato “a favor” encontramos:

-Es una fiesta masiva, que llena de alegría a nuestra gente.

-Es la noche en que salen hasta quienes nunca salen en los otros 364 días del año.

-Se genera una corriente de recuerdos personales y familiares a través de canciones que fueron parte de nuestra vida.

-Los más diversos salones de baile, salas de espectáculos, hoteles, clubes, restaurantes y todo otro local imaginable organizan su Noche de la Nostalgia en capital, zona balnearia y cada uno de los 19 departamentos de la República Oriental del Uruguay.

-Se genera, como nadie lo hubiese imaginado en 1978, una gigantesca movida comercial promoviendo trabajo y tremendas ventas en rubros que van desde las salas de baile al catering, pasando por las peluquerías, el alquiler de equipamiento de audio y luminotécnica, la venta de cosméticos, los comercios de vestimenta y hasta las casas de disfraces, el trasporte en todas sus formas, la lencería erótica y los hoteles de alta rotatividad, que esa noche hacen realmente su agosto con las parejas ávidas de recuperar al menos la ilusión de la juventud perdida.

-Es una festividad multigeneracional, ya que esa noche salen de sesentones o setentones para abajo, hasta llegar a los sectores adolescentes, quienes muchas veces organizan su “Noche de la Anti Nostalgia” que, aunque parezca en guerra con la otra, no deja de fomenta asimismo la industria en marcha en los más diversos rubros para esa noche.

-Aumentan en nuestras calles las necesarias medidas de seguridad que en el resto del año no se toman tanto en cuenta, como las espirometrías para los conductores alcoholizados o la obligación de respetar la señalización a rajatabla.

A riesgo de que me consideren los lectores de Banda Oriental un amargado sin remedio, aquí va según mi leal saber y entender, “el otro plato de la balanza”, el de los cuestionamientos que, aclaro, no son únicamente míos:

-Es cierto, los locales se llenan, pero tanto que a duras penas se puede bailar en medio de la más incómoda sensación de “sardina en lata”.

-Los precios se van a las nubes. En ninguna otra noche del año comer algo rico, tomar algo espirituoso y bailar cuesta lo que en esa noche.

-A las promesas publicitarias de “los éxitos de siempre”, “las mejores canciones de antaño” y otras muchas por el estilo, en general las fiestas responden ofreciendo una selección musical muy pobre, con algunos ratos de auténticos old hits y muchos ratos de esa mezcla de salsa, regetón y cumbia de última moda que campea en estas últimas décadas en los bailes y fiestas montevideanos, así que de nostalgia verdadera, pues bastante poco.

-Por desgracia, cuando llegan “los oldies auténticos” siempre son los mismos en cuanto a música anglosajona: “WYMCA” de The Village People, “Rivers of Babylon” de Boney M, “Funky Town” de Lipps Incorporated o “Take a Chance On Me” de Abba. Si por ahí los pibes que ponen la música (y que a los 60 y los 70 no los vieron ni de cerca porque directamente no habían nacido) hacen el milagro de colocar algo de The Beatles, en general es siempre el mismo tema: “Twist and Shout”, que es absolutamente maravillosa, pero que aparece no porque conozcan la obra descomunal de esa banda que cambió al mundo, sino porque la utilizó el argentino Marcelo Tinelli como cortina de su show televisivo durante años.

Del auténtico rock de los 60 y los 70, poco y nada...o directamente nada. Difícil que aparezcan Queen o Cat Stevens, James Taylor o-aunque parezca mentira-The Rolling Stones.

Ahora bien, ¿todos los “contras” de la Noche de la Nostalgia odian salir a bailar con su pareja y con amigos?. !Por supuesto que no! Me encanta salir con mi mujer. Y me encanta reunirme con amigos.

Lo que sucede-al menos en mi caso-es que lisa y llanamente, me molesta la multitud abigarrada, los precios de ópera y la música nostálgica que no es tal. ¡Y vaya si yo soy un nostálgico de la música! Pero los temas que a mi me gustan, los que alguna vez puse cuando fui DJ en lugares clave de los años 70 como “Lancelot” o “Zum-Zum”, brillan por su ausencia.

Caiga del lado que caiga la balanza, y me guste a mí o no me guste, lo cierto es que el Uruguay baila y festeja los 24 de agosto camino a la medianoche y ya nada ni nadie parece poder cambiar este hábito que, en definitiva, produce alegría, pese a todos los pesares y a todos los amargados como yo capaces de encontrar la mosca en la sopa a la menor oportunidad. Y está bien que así sea, en definitiva. Bien por Pablo Lecueder que inventó esta fiesta. Bien por el gobierno que la oficializó. Y bien por todos los que se cargan las pilas durante todo el año para llegar a esa noche con la lozanía y energía de un pibe de 25 años.

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