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Martes, 20 Junio 2017 01:08

Del Pensamiento Filosófico de Torres García

  Por Marcos Torres
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Marcos Torres ha dedicado buena parte de su vida al estudio del pensamiento de su abuelo, el artista y filosofo uruguayo Joaquín Torres García. Presente en Montevideo para la reciente inauguración del Museo, con el cual, la Fundación Torres García ha homenajeado al célebre pintor, intenta aquí, en apretada síntesis; la obra del Maestro alcanza los cuarenta volúmenes- describir los trazos fundamentales del pensamiento de aquel.

A la unidad existente en la diversidad, esa relación armónica entre el todo y las partes, el Maestro Torres García la denominó estructura, y ese concepto estuvo presente en la base misma de sus enseñanzas artísticas, morales, intelectuales, espirituales. Supo plasmar en sus obras de arte una visión profunda de la realidad material y espiritual. Su trayectoria, como artista y como filósofo, tiene su fuente de inspiración en profundas experiencias interiores; no se trató de un artista que observara solamente el mundo exterior, sus ojos miraron muy hondamente en el mundo interior.

El fundamento de su enseñanza está en el círculo infinito, eterno, la unidad-principio y unidad-fin, de la vida; básicamente, él trató la unidad del universo y de los muchos universos que constituyen nuestro mundo.

Esa unidad universal -ya tratada por los filósofos de la Grecia Clásica, base de la enseñanza de los egipcios y de los grandes pensadores de América y Oriente, y recogida y puesta en evidencia a través de la ciencia moderna- nos dice que nada de lo que afecta a un sitio deja de afectar a los demás sitios, porque en definitiva, el universo es una continuidad de tiempo, de espacio y de energía. Esa percepción intuitiva de la unidad, es lo que permite que en la espiritualidad se tenga acceso a la verdad, que en lo moral se acceda a lo bueno, y en lo estético, a la armonía y a la belleza.

El Concepto de Unidad

Este concepto de unidad es la base del constructivismo, del mismo modo que, desde una visión humanista, el Hombre Abstracto es la base de ese Constructivismo. ¿Pero a qué se refería Torres García cuando hablaba del Hombre Abstracto? Se refería a la relación simpática, a la correspondencia tangible con el universo entero: la realidad a temporal de la conciencia que no pierde pie con la realidad temporal del mundo cotidiano. El Hombre Abstracto es la dimensión más profunda de nuestra naturaleza, es la fuente de donde emanan los grandes ideales, las grandes filosofías y todo aquello que hace que el hombre sea hombre. A la razón, el Maestro la entendía no como una facultad intelectual ordinaria, sino más bien como una intuición sentida muy fuertemente de la unidad existente entre todas las cosas y de su relación indestructible.

A la relación existente entre lo subjetivo de nuestra realidad humana y lo cósmico, lo fundamental, el Maestro dedicó un libro titulado La Regla Abstracta. La aplicación de esta regla consiste en saber trabajar armónicamente con la realidad objetiva y la realidad subjetiva. Sostenía que nadie puede negar su realidad, su identidad, su temperamento y sus circunstancias, si lo que se quiere hacer es algo vivo, algo verdadero. Y también decía que lo verdadero será tal, si está ubicado dentro de lo universal.

El Constructivismo, no es solamente un movimiento artístico, es la expresión de una doctrina que lo antecede, que parte de la unidad para volver a ella y que se plasma en el Arte Constructivo. Para practicarla, hay que tener como fundamento el ser, el ser de uno mismo. Si no se lo entiende de este modo no se puede hacer nada en el Constructivismo; quien quiere hacer una obra de arte armónica tiene que vivir en armonía, del mismo modo que si uno quiere hacer justicia, ante todo debe ser justo. De ahí que la unidad sea el gran tema, estético y filosófico, del constructivismo. La unidad del universo, de la obra de arte manifiesta en su estructura, la unidad de la vida del artista con su obra y con el universo.

Para lograr esa unidad, el individuo debe unificar, armonizar las cuatro dimensiones del ser (“somos espiritualmente, somos intelectualmente, somos anímicamente y somos materialmente”) y de cómo aceptemos y respetemos las leyes de estas dimensiones, sin desvirtuar una por otra, dependerá la unidad alcanzada en la vida de cada uno, y del amanecer de una nueva visión de la misma. De acuerdo con esa visión, el mundo material ya no será solamente material, sino al mismo tiempo, también espiritual. El ser humano lo seguirá siendo, con su realidad cotidiana, con sus defectos y virtudes, pero percibiendo el nexo entre lo cósmico y lo humano: ya nada es material y todo es espiritual, y todo lo espiritual, está manifestado materialmente.

El Concepto de Cultura

Para que ocurra el Arte Constructivo, como arte verdadero, arte y vida, no pueden estar separados. La visión de Armonía Universal debe estar presente en todo momento.

El arte ocurre en el contexto de una cultura, y Torres García entendía muy claramente qué era cultura; la diferenciaba muy estrictamente de lo que puede ser erudición o información. Según él, la cultura es la unidad que existe en el sentir de un pueblo; que vincula lo abstracto, lo espiritual, con lo concreto, con lo material: es decir, no solamente la unidad de sentimientos o un consenso de vivencias, sino también unidad entre lo abstracto y las circunstancias concretas.

Es así, que podemos decir, por ejemplo, que la medicina es parte de una cultura en la medida en que entiende al hombre como una totalidad. Según una visión constructivista, uno no se enferma del hígado, se enferma del hígado, pero también del modo de vida que tiene. No es la enfermedad de un órgano, es la enfermedad de todo el cuerpo, la psiquis y las circunstancias en que uno vive. Para su curación hay que encararlo globalmente. Es más importante tratar la base de la que surge el síntoma -si el ataque al hígado no es demasiado severo, claro está- que el tratamiento directo del síntoma, es decir, que no puede olvidarse que esa enfermedad ha venido del modo de vida, del medio ambiente, de la psicología misma del individuo y su forma de crearse los problemas y, finalmente, del hígado mismo. Éste sólo ha sido el órgano más débil a través del cual se ha manifestado la enfermedad.

De acuerdo con este concepto de cultura, todas las actividades de la vida humana estarían unificadas en la percepción de algo universal. Por otra parte, la cultura no la hacen solamente las elites de un pueblo, la hace todo el mundo, desde la base. Es ahí que interviene lo del “arte anónimo”: todo el mundo participa con su sentimiento y con su experiencia espiritual y moral de la realidad estética.

Viendo un mamarracho, por ejemplo, puede pensarse, que el artista que lo hizo debe tener sus buenos problemas personales, pero no es menos cierto que la sociedad que lo acepta, también los tiene. Una obra de arte inarmónica, también está en armonía con quien la mira y el ambiente que la rodea.

En este concepto de cultura, participa la unidad del sentir de un pueblo, no hay lugar para que nadie se sienta marginado, tanto aporta un analfabeto que canta bien como un gran erudito, tanto puede contribuir un obrero, con su capacidad de artesano como un profesional del arte.

El Maestro decía que el propósito de su enseñanza (en Uruguay) era contribuir a echar las bases para un nuevo concepto de la cultura en nuestro continente. Él entendía que la nuestra no es realmente una cultura que ha crecido como un árbol alimentado de la gran naturaleza, sino que más bien, es como un aluvión de capas superpuestas en donde una capa va tapando a la otra, como una ensalada, carente de unidad, carente de referencias objetivas y universales.

Nuestro Norte es el Sur

Si observamos las referencias culturales de América Latina, vemos, que las mismas son artificiales. La vida de este continente es antiquísima y sin embargo se toma en cuenta como “algo culto”, lo que ha ocurrido en los últimos 500 años, y sobre todo si es europeo, porque lo americano o indígena, lo que aportaron los africanos o la mezcla de las tres grandes etnias existentes, no es considerado como culto, como referencia válida, cuando de allí es que deben provenir las verdaderas bases para que aquí exista alguna vez una cultura auténtica. Mientras no se acepte que en América Latina hubo de verdad una cultura, jamás existirá una cultura.

Y fue por eso que el Maestro puso el mapa de América al revés, sosteniendo que para nosotros, el norte es el sur y que, dándole la espalada a Europa, es que encontraremos un camino nuestro. Esa mima idea es la que manifiesta en su libro Universalismo Constructivo, al que subtituló “Contribución a la Unidad del América por el Arte y la Cultura”. En la Unidad Universal de Torres García debían concebirse seriamente las culturas indígenas existentes antes de la invasión europea.

En Metafísica de la Prehistoria del Hombre Americano habla de “reintegrarnos a la gran tradición continental”, que es una manifestación muy pulida de lo que actualmente consideramos un “modelo constructivo”: la civilización incaica dio testimonio de hasta qué punto los pueblos originales habían visto la realidad de una visión universal plasmada en una cultura.

Una cultura arraigada en la realidad, tanto espiritual como material, es lo fundamental para que las acciones en cualquier campo sean coherentes; pintar un cuadro, curar un hígado enfermo, plantar un campo, organizar asistencias sociales, los movimientos que determinan el destino de un país, nada de ello tendrá coherencia, salvo que haya una visión orgánica, natural, nutrida en la realidad del espíritu y las circunstancias concretas en que nos toca vivir a los hombres de estas tierras.

Mate Amargo, julio 1988

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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