Nuevo Trabajo Literario de Solveig Gurgitano
por Solveig GurgitanoSolveig Gurgitano, En un ‘Tratado Sencillo Para Avicultores’
Solveig Gurgitano, es bibliotecaria en Bergen Community College y columnista de Banda Oriental-Latinoamérica. Últimamente también viene destacándose y logrando la publicación de sus trabajos literarios, incursionando así, en diferentes géneros literarios tales como la poesía, oratatoria y cuentos cortos, entre otros. El pasado año fue invitada a Montevideo para dar lectura de sus poemas publicados en el libro “Desde el Rincón”, donde se recopiló el trabajo de varios autores.
En esta nueva entrega colectiva, Gurgitano ha publicado en Uruguay dos cuentos cortos, ‘Tuti Fruti’ y ‘Tratado Sencillo Para Avicultores’, a través de la misma editorial ‘Ediciones Del Rincón’ en el libro ‘Alas de Papel’ que abraza el aporte literario de diferentes amantes de la buena literatura.
Estos trabajos son reunidos y corregidos a través de dos modalidades escritura presencial que funciona en la sede de la Asociación General de Autores del Uruguay (AGADU), y el virtual, como es el caso de nuestra compañera Solveig, se desarrolla a través de correos electrónicos.
Ambas formas de aportes son coordinadas por el docente y escritor Fabián Severo y por el periodista y escritor Gustavo Esmoris.
Enhorabuena Solveig y que sigan los éxitos en 2012!
Cuento corto por Solveig Guirgitano
‘A mis hermanas, Ariana y Marianela’
TRATADO SENCILLO PARA AVICULTORES
El impulso que lo atrapó al principio, parecía empezar a diluirse a medida que se acercaba a la casa de la escritora; un escalofrío le recorrió el cuerpo de la cadera hacia abajo.
“Raro”, pensó, era un día de calor intenso y húmedo, de los que abundan durante el verano uruguayo. Se recostó contra un árbol y, en fracción de segundos, apareció frente a él un niño que parecía no tener más de cinco años, quien sin decirle nada, colocó a su lado una pelota de fútbol.
Él lo miró y dijo:
-Oh!, soccer, soccer...yo soy Diego Forlán - y se rió.
El niño, muy serio y constante en su mutismo, tomó la pelota, la puso debajo del brazo y se alejó.
Mr. Joseph Ryan jamás jugó al soccer, tampoco al baseball, ni demostró nunca mayor inclinación por ningún deporte. En cambio, siempre le gustaron los pájaros. Por esa pasión estaba allí, frente a la puerta de una desconocida, sosteniendo un libro en la mano. En la vida, la mayoría de los sucesos absurdos, tienen alguna explicación igualmente absurda. El había llegado de Estados Unidos a Carmelo, un pueblito de Uruguay, para asistir a una conferencia sobre Avicultura. Un rato antes, en un quiosco, buscando un analgésico para su dolor de cabeza, encontró un libro titulado: “El trinar de los pájaros‟. A esta altura de su vida profesional, Mr. Ryan sentía que poco le quedaba por aprender en la materia, y menos de un librito, que parecía no tener más de sesenta páginas. Cuando la empleada del quiosco le dijo que la escritora vivía dos calles abajo, sintió una imperiosa necesidad de conocerla: cayó atrapado en su obsesión, como un pájaro en una jaula.
En los pocos días que había estado en Uruguay, pudo comprobar que sus habitantes (en especial, los del interior del país) son personas inteligentes, aunque demasiado serviciales, algo que en su opinión, podía estar relacionado con su ubicación geográfica, -tan alejado del resto del mundo-, lo que hacía que recibieran y trataran con una alegría casi infantil, acompañada de atenciones, a todo aquel que llegaba a visitarlos.
Mientras daba una ojeada su alrededor, con esa forma de mirar que había empezado a reconocer, copiaba en algo la manera que tienen de observar algunas aves, y sintiendo que su presencia empezaba a llamar la atención de los vecinos, se dirigió hacia la a puerta, leyó: “Silvia Grecini‟, dio una mirada al vuelo a la tapa del libro y concluyó que los dos nombres coincidían.
No tuvo que tocar el timbre, la puerta estaba abierta; apenas entró, sintió el pitar de una caldera. Un ambiente grande, muy sencillo, con un gran ventanal que daba a un patio. Desde allí, la escuchó preguntarle:
-What are you doing here?- a lo que él respondió:
-¿Cómo sabe que hablo inglés?
Ella no le contestó:
- ¿Le gustaría tomar té?
A medida que ella se acercaba, le dio la sensación que la mujer se desplazaba como si tuviera alas; vestida con una túnica larga, caminaba muy despacio, ayudada por un bastón.
Hablaba muy rápido y se tropezaba con las palabras, las que intercalaba en inglés y en español; hacía frecuentes alusiones a situaciones jocosas y se reía de una manera tan contagiosa, que al poco tiempo de estar hablando con ella, le resultó imposible no empezar a reírse, en complicidad con ella.
Mientras la mujer hablaba, él no podía dejar de mirarla: sin duda había sido muy atractiva en su juventud y todavía lo era, a pesar de sus lentes y su pelo corto. Sus ojos pícaros, su mirada joven, entonaban con una personalidad que de buenas a primeras, encontró algo aniñada, observación que no se contradecía con su forma de hablar y con muchos de sus puntos de vista, acompañados siempre con sonrisas.
Todo le daba mayor encanto, y sin darse cuenta, se encontró diciéndole:
- “I like your candor”.
Ella no se dio por aludida, en tanto, no sabía con qué agasajarlo: primero el té, después las galletitas con dulce de membrillo. Él pensó que era por el libro, que todavía llevaba apretado en la mano, pero enseguida se acordó de la famosa hospitalidad uruguaya.
En determinado momento, ella se agachó a sus pies y le sacó los zapatos y las medias con mucha delicadeza, mientras le comentaba:
-”No hay nada más relajante, ni nada mejor para un dolor de cabeza, que tocar el suelo fresco, en un día de verano”.
No recordaba haberle mencionado que le dolía la cabeza, pensó.
Hablaron de muchos temas, de EE.UU., de Uruguay, de economía internacional, de bibliotecas, de personalidades del mundo, de Fidel Castro, hasta que ella dijo:
-Entonces, Mr. Ryan, ¿usted leyó mi libro?
No quiso decepcionarla y le dijo que sí, lo abrió al azar y para su sorpresa, descubrió que no era como él pensó un tratado sencillo de avicultura, sino un libro de poesías. Disimuló y dijo:
-Sí, claro, y si me permite, me gustaría leerle un poema.
Ese día, algo muy inusual aconteció en la vida de Mr. Joseph Ryan: fue la primera vez que leyó un libro de poesía y lo hizo además, en voz alta.
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