MARZO 2009 

América Latina: el rol de la deuda ante la crisis financiera internacional

“No vamos a pagar la deuda con el hambre de los argentinos”, fue la frase que encumbró el discurso de toma de posesión al poder del ex presidente argentino Néstor Kirchner. Estas palabras exaltaron el espíritu de cada argentino presente en los actos de ceremonia, lo sé porque yo estuve ahí, fui parte de esa multitud, jubilosa y llena de esperanza, y al igual que muchos otros pude estrechar la mano del hombre que prometía una solución definitiva al flagelo de la pobreza, generada por el mal manejo de una deuda que emplea el superávit fiscal de los Estados para su pago. Pero el suplicio de la deuda no sólo subyuga al llamado “granero del mundo” (pues Argentina produce alimentos para sustentar a varios cientos de millones de personas en el planeta; paradójicamente, en este país, 14 de cada mil niños mueren antes del año por insuficiencias alimenticias), sino que es un problema que como un cáncer se ha instalado en la región. Hace ya casi doscientos años el mismísimo Libertador Simón Bolívar ponía de manifiesto las consecuencias que traería para la región el endeudamiento con Europa y Estados Unidos; “…endeudarse significa seguir pagando réditos por los siglos de los siglos”, sostuvo Bolívar en una conversación mantenida con el General Santander.  Resulta contradictorio, sin embargo, que el tema de la deuda, tan arraigado a nuestra realidad latinoamericana, parezca ser tabú en casi toda la clase política de América Latina. Los políticos y tecnócratas de turno sólo se refieren a ella en relación a la eventual sustentabilidad de su pago, pero nadie menciona el coste que para el trabajador tiene este acto. No pretendo decir con esto que debamos incurrir en la irresponsabilidad y no pagar la deuda, pero sí que es el deber de nuestros gobernantes “humanizar” el pago de la misma. Es decir: pagar, pagar porque, legítimamente o no, estamos endeudados; pero pagar sin sacrificar para ello la vida de un niño más.  El pago de la deuda supone una considerable transferencia de recursos, recursos que provienen del trabajo humano, pero hasta el momento nadie ha hecho hincapié en la diferencia (enorme diferencia) que existe entre lo que se destina a su servicio y las inversiones que resultan primordiales, esencialmente la erradicación del hambre y generación de plazas laborales.

Los planes sociales tratan de llegar a todos y se incrementan notablemente para ayudar a los más necesitados, todo sobre la base de más endeudamiento. No se dice, sin embargo, que el dinero empleado para el pago de la deuda es muy superior al que se destina para salud, educación, creación de fuentes laborales con salario digno y vivienda.  Es la destinación indiscriminada de recursos al pago de los intereses de las deudas externas e internas, característica común en casi todos los países del hemisferio sur, lo que fomenta la desigualdad social que devasta a nuestras sociedades.  El peso del endeudamiento, he dicho, ha sido enajenado hacia la sociedad, que muchas veces desconoce la verdadera causa de los principales problemas sociales como el hambre, la miseria y el desempleo.  Resulta irrefutable concluir que si esos fondos hubieran sido empleados en políticas de desarrollo y crecimiento, la situación sería muy distinta a la que actualmente vivimos. Podría decirse que el fin de la deuda es sostener la deuda.  Un célebre jurista italiano señaló hace años que la deuda externa era “la esclavitud del tercer milenio”, definiendo con admirable exactitud esta nueva forma de sometimiento.  El actual estado de endeudamiento es producto de una estrategia de saqueo y subordinación llevada adelante por los países ricos (dueños de las grandes corporaciones e instituciones financieras internacionales) en detrimento de los más pobres o, como comúnmente se nos llama, países subdesarrollados. Obvio, nada de esto habría ocurrido sin la complicidad de gobernantes irresponsables.

La deuda viene ligada a nuestra historia.

Nuestras economías han sido desde siempre sacrificadas por el comercio internacional, por la desvalorización de nuestras mercaderías y por la sobre valoración de los productos industrializados que se producen en el “primer mundo”. Después del triunfo de la Revolución Cubana, a finales de los años 50, el continente cayó en manos de dictaduras militares (todas ellas patrocinadas por el Norte) que iniciaron un nuevo ciclo de endeudamiento, especialmente en la década del ’70, cuando la oferta de petrodólares era muy abundante en el mercado financiero internacional con tasas de interés muy bajas. En la década del ’70 hubo una expansión crediticia por exceso de liquidez en los países desarrollados. Lo anterior, sumado al mal manejo de estos fondos, ineficiencia y corrupción del sistema político, hizo de la deuda una especie de bola de nieve que crece a pasos agigantados. Cada paso que se ha dado para el pago de la deuda ha redundado en un crecimiento desmedido de la misma.  En la década del ’90 la deuda creció porque se solicitaron préstamos para el pago de deudas anteriores y para implementar políticas de estado con las que se decía se iban a generar mayores ingresos y empleo (reducción del Estado y privatizaciones).  De acuerdo a las estadísticas, la deuda creció entonces considerablemente a partir de la necesidad de invertir las extraordinarias ganancias generadas tras el alza en los precios del petróleo en los años 70. Durante la década del ’80 los pagos de los intereses fueron sustancialmente mayores que la deuda misma, por supuesto que el pago de estos intereses es lo que ha permitido la continuidad del endeudamiento. En la década del ’90 se vio una nueva oferta de capitales financieros con el propósito salvador de hacer frente al pago de la deuda generada en los años 80, creciendo exorbitantemente en lo que se ha transformado en un círculo vicioso, al punto que hemos creado una especie de dependencia económica con los países ricos que influye categóricamente en nuestro sistema de gobierno.  Actualmente, las economías en crisis de los países desarrollados están considerando la forma de volcar dinero al mercado para estimular el consumo y así compensar la necesidad de liquidez, mediante el otorgamiento de créditos a intereses muy bajos; en pocas palabras, se estaría creando un clima similar al que precedió a la crisis.  El impacto económico de la crisis ya se ha hecho visible en la región, las esperanzas de evadir el coletazo son cada vez menos alentadoras. La crisis global traerá para América Latina efectos a corto y a largo plazo, desde lo económico a lo social. ¿Cuál será la incidencia inmediata que tendrá en nuestras economías?, es una interrogante sobre la que los economistas aún no se ponen de acuerdo. Pero lo cierto es que los gobiernos deberán poner en marcha su aparato, mediante la implementación de medidas sociales, para de alguna manera hacer frente al desastre; de otro modo, las consecuencias que sufrirá el sistema político podrían llegar a ser devastadoras.   La crisis ha provocado el desplome generalizado de las Bolsas y fugas de capital, lo que ha causado una contracción en el crédito. El desplome de los precios de las materias primas (no nos olvidemos que seguimos siendo países exportadores de materias primas y que esta condición se ha visto reforzada en los últimos tiempos) induce a la recesión; asimismo, se nota un crecimiento desmedido en las tasas de desempleo. La imperiosa necesidad de liquidez en las economías centrales provoca fuertes sustracciones de fondos; los bancos extranjeros transfieren importantes recursos a sus casas matrices. Las finanzas regionales con una fuerte participación internacional (a modo de ejemplo: fondos previsionales de pensión; Chile es el país que está siendo más afectado en este sentido) son las más vulnerables al desplome.

¿Final del neoliberalismo en la Patria Grande?

Algunos economistas afirman que Latinoamérica podrá soportar el vendaval dependiendo de las medidas adoptadas; aunque esta posibilidad depende de la magnitud de la crisis y del tiempo que persista la misma. Por el momento el colapso financiero golpea en mayor medida a las economías centrales, pero no debemos olvidar que estos países cuentan con mayores recursos para equilibrar la caída y que son ellos en definitiva quienes emiten las monedas que rigen nuestro mercado.  Hay quienes dicen que, pese a que las consecuencias del colapso financiero internacional se van a sentir con fuerza, especialmente en el empleo, esto traerá como corolario el debilitamiento de las políticas neoliberales impuestas por las instituciones financieras internacionales que han arruinado a la región en beneficio de las multinacionales, que funcionan desconociendo fronteras y gobiernos.  Estas instituciones, creadas en ciernes para estimular el crecimiento económico del Tercer Mundo, únicamente han fomentado la dependencia a cambio de acuerdos y de préstamos que sólo han sido ventajosos para una de las partes, imponiendo un plan de privatizaciones y ajustes estructurales en los Estados que sólo han servido para darle al mercado internacional el control de las economías nacionales en lo que se conoce como neoliberalismo. Hoy América Latina tiene la oportunidad de desprenderse de estos parásitos corporativos y lograr una verdadera integración, como la que había soñado El Libertador, imponiendo los intereses generales al capital. Por supuesto que la ruptura de América Latina con este sistema neoliberal no va a ser igual en todos los países de la región, eso depende del grado de vinculación, o de los compromisos contractuales, que cada país mantenga con Washington tras el conocido “Consenso de Washington”.  Alguien dijo una vez que hay que conocer los hechos del pasado para poder comprender el presente y prever el futuro. ¿Qué quiero decir con esto? Que es hora de que aprendamos de la historia, que sepamos rescatar las enseñanzas que nos han dejado nuestros propios errores y sufrimientos; esa ruptura de la que hablaba en el párrafo anterior debe tener lugar en toda América Latina, y debe empezar ahora, para que el neoliberalismo que durante muchas décadas nos ha tenido sumergidos en el fango de la pobreza, la explotación y el sometimiento no nos introduzca a un sistema de neocapitalismo puro del que será mucho más difícil, sino imposible, salir. Aún así, es hora de luchar por la verdadera independencia y olvidarnos de la que nos han hecho creer que tenemos. Es hora de que cada hispanoamericano abra los ojos y diga ¡basta! Es hora de que comencemos a preocuparnos por la construcción de una nueva economía, una economía social, independiente del poder transnacional y que anteponga lo público a lo privado, para que no se hable más, ¡nunca más!, de privatizar nuestros recursos naturales ni nuestros derechos. Esperemos que nuestros gobiernos se mantengan firmes en su propósito de: no a las políticas de apertura y desregulación implementadas durante los años 90 para que no seamos nosotros quienes paguemos las consecuencias de la crisis financiera internacional; porque sin dudas, alguien va a pagar. Mi deseo es que por una sola vez no seamos los más pobres quienes lo hagamos.     

 



 

 
 
 

 

 

George W. Kennedy

 

 
 
 
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