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Home Salud Decídete Monica Elena

Monica Elena

Caminando río arriba, vos y tus chicos, en busca de aventuras, pajaritos y grillos. Arriba en las montañas eras nuestro guía, nuestro protector y el que más reía. Creabas senderos donde no los había. Nos mostrabas las maravillas que el día ofrecía. Cuando cruzar el río había, tu ubicabas las piedras que nos ayudarían y con tu gran fortaleza nos levantabas como si nada y saltabas de piedra en piedra hasta la otra orilla, todos a salvo llegaban. Juntos nos sentábamos a la margen del río, mirando los peses que tu con tus silbidos y manos en alto “llamabas” y como por arte de magia, ahí estaban.

¡Qué aventura era el escuchar tus historias! al lado de un gran fogón, ya cayendo el sol. Al día siguiente todo comenzaba nuevamente: Nos ponías un sombrero a cada uno y nos dabas unos cuantos consejos de montaña, antes de emprender la gran escalada. Todos tus nenes de las manitos íbamos siguiéndote entre los montes, para llegar nuevamente al mágico río y sus olores, sus colores…al río que hoy sigue estando cristalino, al igual que estos recuerdos de mi niñez a tu lado, viejo mío.

Nos enseñabas como preparar una fogata, como levantar una carpa y cuando callar para escuchar la serenata, de los bosques que hablan. Inventabas canciones sobre la marcha y tus nenes caminábamos siguiendo el ritmo de tu silbido, por los senderos… buscando el río. Nos mostrabas cuan inteligente es la madre naturaleza y cuan frágil puede ser, si nos olvidamos de apagar el fuego de la fogata, antes de seguir el camino. Nos decías que todo montañista debe saber empacar liviano, llevar solo lo necesario. “La mochila es un accesorio, lo importante no esta en ella, lo importante lo llevamos dentro nuestro” Decías.

Una tarde regresando de expedición, nos envolvió una gran tormenta y vos, con suma tranquilidad y una sonrisa alentadora nos decías: “No se preocupen chicos que este temporal pronto pasará. Disfrutemos de la lluvia y del viento. Tiremos lo que esta demás en nuestro cargamento” Nos diste una varilla de palos secos a cada uno de tus hijos y nos enseñaste que “siempre es bueno tener un buen soporte, por si perdemos el equilibrio” decías… “tenemos que ver a donde pisamos, pero nunca olvidar hacia donde vamos” y como patitos siguiendo a su papá pato, te seguimos sin temor alguno, chapoteando de charco en charco en el medio del temporal. Jugando aprendíamos sobre la vida y sus ratos buenos y no tan buenos.

En una de aquellas inolvidables excursiones, en una calurosa tarde de verano, nos enseñaste a hacer un embalse en un pequeño riachuelo. Apilando piedra sobre piedra logramos hacer un dique en miniatura… y nos decías: “cuanto más piedras están juntas, más caudal se acumula, es igual cuando la gente se junta. Al igual que las piedras que acumulamos en el arroyo, que juntas pueden lograr mucho, es mas fácil cruzar el río cuando nos damos apoyo”. En las noches claras de luna llena, nos preguntabas ¿Cuantas estrellas pueden contar esta noche? Y pasábamos mucho tiempo jugando a quien contaba más estrellas; todos tirados en el piso, punteando con nuestros deditos a cada estrella en esas noches…allá en las sierras.

Han pasado muchos años desde entonces, mas aquellos recuerdos me alientan día a día. Me inspiran a guiar a otros, como vos lo hiciste con nosotros. Amado padre, quiero que sepas que tus enseñanzas, simples y profundas, crearon un embalse en mi alma. Ellas seguirán vivas en otros niños… en otros ojos hambrientos de aventura; como lo fueron los míos en aquella niñez tan mágica y pura. Gracias querido viejo.

Feliz Día del Padre a todo aquel que enseña a contar las estrellas.

Monica Elena
www.monicaelena.com

 

Por que nuestra vida es maravillosa cuando damos amor y paz al mundo y merece ser recordado.

Geranios en flor, plantados hace añares con mucho amor. Claveles, cactus y reina mora, colorean el pequeño jardín que mamá con cuidado poda. Una selva en miniatura, que con empeño y dedicación ella adora. Sus plantas son una extensión de su alma, las flores sus abrazos y carcajadas. Aunque mamá siempre esta atareada, como una hormiga que nunca descansa, siempre encuentra tiempo para hablarle a sus plantas y mientras las riega… también les canta.

Desde hace unos dos años tengo el privilegio de alojar, en mi jardín, a una pareja de pajaritos (Zorzales pechirrojo o también conocidos como Robin Americano) Cada primavera llegan desde el estado de Florida, donde pasan el invierno. Sin prisa y sin pausa comienzan a construir su nido en algún lugar resguardado del viento, la lluvia y animales salvajes, en el fondo de casa.

En este mes del amor me siento inundada de recuerdos que hicieron historia en mi corazón. Aquellos eventos que al pasar los años, me fueron enseñando lo que realmente significa para mi, el amor. Cuando era niña, lo percibía con ojos más puros y algunas cosas se gravaron más que otras. En esos años, para mi el amor era: ver a mi madre sentada  frente de la máquina de coser a pedal, perdida en su mundo de creatividad; confeccionando ropitas para sus nenes, delantales para cocinar, cortinados o manteles. Era ver a mis padres darse un beso cada vez que papá se iba o venia del trabajo. Era darnos un beso de buenos días y buenas noches entre hermanos y un abrazo y beso a mamá y papá, acompañado de un “Te quiero mucho”. Era ver a mi querido viejo escribir un poema de amor en una servilleta y dejarlo debajo del mate, para que su amada lo encontrase por la mañana al llegar el alba. El amor era sentarnos a la mesa todos juntos cada día y escuchar atentos las anécdotas del papi y su trabajo, sus chistes malos y sus amados tangos; o los planes de mamá de fiestas futuras, compras y costuras. Era admirar la última tarjeta del “Prode” que compró el viejo, siempre soñando con mejores momentos. Era respirar el perfume inusual del “baúl de recuerdos de inmigrante” de mi pobre viejo. Lo mejor de cada cena era reír y aplaudir al llegar el postre a la mesa.

Comenzó la cuenta regresiva para despedir este año, el cual a muchos nos parece “se fue muy rápido”. Estos, sus últimos días también se irán volando. Miles de tareas a realizar, proyectos por terminar, fiestas que organizar y regalos por comprar. Corridas a diversos locales atestados de clientes todos buscando las mejores ofertas. Listas interminables de cosas por hacer, adquirir y despachar. Pura conmoción.

El invierno en el hemisferio Norte, se aproxima. Las hojas de los árboles están coloridas, la brisa algo fría. La familia unida, en esta tarde plena de alegría. ¡Hay tanto por agradecer en este día! Olores a comidas deliciosas en la cocina. Vinieron los hermanos, los abuelos y hasta la tía! ¡Cuantas historias compartidas! Para empezar, las empanadas y tortas fritas se pasan de mano en mano y con prisa. No falta el fainá y los sándwiches de miga. En el horno, todas las bandejas tienen una hora fija. La mesa toda arreglada con flores y velitas, tiene mucha pinta. Los hombres mirando fútbol, panza arriba. Las mujeres en la cocina, poniéndose al tanto de sus vidas. Risas, besos, abrazos. Vino, soda y hasta unos mates amargos.

Los seres humanos estamos acostumbrados a quejarnos de muchas cosas, sin tener en cuenta lo que esto pueda significar en lo más profundo de nuestro ser. Por ejemplo, acerca de mi jardín, me quejo de la falta de luz solar. Hay muchos árboles que dan demasiada sombra. Por esa razón muy pocas plantas florecen, a pesar de tener todo en su estructura molecular para poder hacerlo. Están diseñadas para florecer y dar frutos ¿verdad? Pero la sombra casi continua, la falta de tierra buena y el poco riego terminan con ellas a medio camino. Además, los animales silvestres se alimentan con gran regocijo de cada pimpollo.

La mayoría de nosotros esperamos las vacaciones durante todo el año. Las planeamos, reservamos y comentamos. Cada día del itinerario en nuestra agenda esta plasmado. Sonreímos cuando pensamos en todo lo que vendrá, pues será nuestro tiempo para disfrutar. Tiempo de salir de la rutina y del aburrimiento, dejando de lado las preocupaciones, el estrés y los miedos.

Hay experiencias en la vida que nunca se olvidan, pues nos dieron, en su momento, grandes alegrías. Ahora nos inundan los recuerdos y nos ayudan a salir de tristes paradigmas, que a veces la vida nos tira. Cuando recordamos aquellas historias que nos dieron tantas delicias, no podemos más que agradecerle a la vida.

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