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Home Salud Decídete Monica Elena

Monica Elena

Nuestra vida es como un bote nuevo que sale rumbo a alta mar. De jóvenes en el llevamos todo lo necesario para que la travesía sea segura y amena. Tenemos una ruta tentativamente bien planeada y soñamos disfrutar de cada minuto del trayecto. Cuando adultos imaginamos llegar a salvo y felices al puerto que nos espera con sus brazos abiertos. Ya mayores nos figuramos que veremos el faro en la costa, como señal de que casi hemos llegado al final de tan hermoso itinerario. Sabemos que la ruta que trazamos siempre tendrá sus pequeños desvíos, de acuerdo al clima en alta mar. Habrá días en los que el viento nos ha de desviar considerablemente de nuestro camino y para ello tomamos acción, haciendo uso de maniobras simples de navegación, por ejemplo: Si reprobamos un examen, nos esforzaremos y estudiaremos más para el próximo. Si nos duele la cabeza, tomamos un analgésico y un descanso reparador. Si se nos quemó la torta para el cumpleaños de esta tarde, salimos corriendo a comprar otra.

Cuando el pimpollo florece desplegando todo su esplendor, lo hace sin apuro, sin incertidumbre; solo continua su proceso evolutivo. La naturaleza toda, siempre en constante cambio, va de estación a estación. La danza de la vida en este planeta y en el Universo es armoniosa y constante. Recuerda eso mi querida, cada vez que te sientas ahogada en un mar de lágrimas, cada vez que el temor te abrase y sientas que no hay una salida hacia la luz. Las plantas y árboles necesitan y buscan constantemente su diaria provisión solar, sin ella no podrían subsistir. Nosotras como mujeres también necesitamos de esa luz y de nuestra propia luz. Como somos por naturaleza muy sensitivas y emocionales, a menudo corremos el riesgo de que esas emociones estén enfocadas hacia algo negativo y entonces bloqueamos esa luz, que nos da un gran bienestar en todo ámbito de nuestras vidas.

Hoy es un día de lluvia y tengo muchas compras por hacer. Listas interminables de regalos, papeles para envoltorios y alimentos, velas aromáticas, música navideña, y tarjetas de fin de año a ser enviadas. Un día como tantos otros en Diciembre, mi mes preferido para dar y recibir. El mes de invitados, abrazos y buena comida.

A menudo me pregunto: ¿Qué ven los demás cuando me miran a los ojos? ¿Qué estoy irradiando? ¿Qué sentimientos tengo en mi para compartir con ellos? Deseo que esto sea lo mejor de mi, un mar de paz y armonía. Tranquilidad y honestidad, simpleza y cariño. Un eterno amor incondicional. Para poder transmitir estos sentimientos debo de encontrarlos en mi primeramente, debo prepararme haciendo limpieza en mi ser. Comenzando por mi cuerpo, al que una alimentación sana, balanceada y orgánica de frutas frescas, cereales y nueces, verduras y mucho agua, le permitirán funcionar adecuadamente. Una tranquila caminata, le limpiaran de las impurezas que con los años de dieta inadecuada y malas costumbres ha acumulado. Siguiendo con mi mente, la cual en verdad que se merece un buen descanso. Demasiadas listas de cosas para hacer, demasiados problemas por resolver, demasiados reproches y dolencias. Para tranquilizar mi mente también el paseo diario es muy regenerador. Durante estas peregrinaciones diarias me voy recordando una y otra vez en forma de mantra: “gracias, todo está bien y mejorando, gracias” para cuando regreso a casa, mi ser esta calmo y continua como de costumbre admirando lo bello y lo bueno. También escuchando música alegre, bailando y cantando al compás de las armoniosas melodías hace que mi mente se sosiegue. Luego, unos minutos de meditación para acentuar mi conexión con mi ser superior, tiene el efecto tranquilizante de una lluvia suave de verano en mi piel. Meditar ayuda a que mi alma se purifique, conectándose con la fuente de toda vida. Por último, mis actos cotidianos han de tener como base fundamental mis más altos principios de honestidad, compasión y respeto.

Hoy mientras admiro las plantas en la huerta, preparo dos bouquet de flores para perfumar y decorar el hogar. Margaritas, salvias y hortensias, rosas, geranios y helecho plumoso. ¡Este verano, hasta ahora, ha sido espectacular! y el jardín me ha dado mucho placer. Aquí, en el fondo de casa, es donde me encontrarás cada mañana regando descalza, mis amadas plantas. Podando, sembrando o jugando con mis dos perros, a “quien espanta mas rápido a las ardillas”. Me siento enamorada de cada pimpollo, cada nuevo nido, cada atardecer. Mi gratitud por este momento es infinita.

Caminando río arriba, vos y tus chicos, en busca de aventuras, pajaritos y grillos. Arriba en las montañas eras nuestro guía, nuestro protector y el que más reía. Creabas senderos donde no los había. Nos mostrabas las maravillas que el día ofrecía. Cuando cruzar el río había, tu ubicabas las piedras que nos ayudarían y con tu gran fortaleza nos levantabas como si nada y saltabas de piedra en piedra hasta la otra orilla, todos a salvo llegaban. Juntos nos sentábamos a la margen del río, mirando los peses que tu con tus silbidos y manos en alto “llamabas” y como por arte de magia, ahí estaban.

¡Qué aventura era el escuchar tus historias! al lado de un gran fogón, ya cayendo el sol. Al día siguiente todo comenzaba nuevamente: Nos ponías un sombrero a cada uno y nos dabas unos cuantos consejos de montaña, antes de emprender la gran escalada. Todos tus nenes de las manitos íbamos siguiéndote entre los montes, para llegar nuevamente al mágico río y sus olores, sus colores…al río que hoy sigue estando cristalino, al igual que estos recuerdos de mi niñez a tu lado, viejo mío.

Nos enseñabas como preparar una fogata, como levantar una carpa y cuando callar para escuchar la serenata, de los bosques que hablan. Inventabas canciones sobre la marcha y tus nenes caminábamos siguiendo el ritmo de tu silbido, por los senderos… buscando el río. Nos mostrabas cuan inteligente es la madre naturaleza y cuan frágil puede ser, si nos olvidamos de apagar el fuego de la fogata, antes de seguir el camino. Nos decías que todo montañista debe saber empacar liviano, llevar solo lo necesario. “La mochila es un accesorio, lo importante no esta en ella, lo importante lo llevamos dentro nuestro” Decías.

Una tarde regresando de expedición, nos envolvió una gran tormenta y vos, con suma tranquilidad y una sonrisa alentadora nos decías: “No se preocupen chicos que este temporal pronto pasará. Disfrutemos de la lluvia y del viento. Tiremos lo que esta demás en nuestro cargamento” Nos diste una varilla de palos secos a cada uno de tus hijos y nos enseñaste que “siempre es bueno tener un buen soporte, por si perdemos el equilibrio” decías… “tenemos que ver a donde pisamos, pero nunca olvidar hacia donde vamos” y como patitos siguiendo a su papá pato, te seguimos sin temor alguno, chapoteando de charco en charco en el medio del temporal. Jugando aprendíamos sobre la vida y sus ratos buenos y no tan buenos.

En una de aquellas inolvidables excursiones, en una calurosa tarde de verano, nos enseñaste a hacer un embalse en un pequeño riachuelo. Apilando piedra sobre piedra logramos hacer un dique en miniatura… y nos decías: “cuanto más piedras están juntas, más caudal se acumula, es igual cuando la gente se junta. Al igual que las piedras que acumulamos en el arroyo, que juntas pueden lograr mucho, es mas fácil cruzar el río cuando nos damos apoyo”. En las noches claras de luna llena, nos preguntabas ¿Cuantas estrellas pueden contar esta noche? Y pasábamos mucho tiempo jugando a quien contaba más estrellas; todos tirados en el piso, punteando con nuestros deditos a cada estrella en esas noches…allá en las sierras.

Han pasado muchos años desde entonces, mas aquellos recuerdos me alientan día a día. Me inspiran a guiar a otros, como vos lo hiciste con nosotros. Amado padre, quiero que sepas que tus enseñanzas, simples y profundas, crearon un embalse en mi alma. Ellas seguirán vivas en otros niños… en otros ojos hambrientos de aventura; como lo fueron los míos en aquella niñez tan mágica y pura. Gracias querido viejo.

Feliz Día del Padre a todo aquel que enseña a contar las estrellas.

Monica Elena
www.monicaelena.com

 

Por que nuestra vida es maravillosa cuando damos amor y paz al mundo y merece ser recordado.

Geranios en flor, plantados hace añares con mucho amor. Claveles, cactus y reina mora, colorean el pequeño jardín que mamá con cuidado poda. Una selva en miniatura, que con empeño y dedicación ella adora. Sus plantas son una extensión de su alma, las flores sus abrazos y carcajadas. Aunque mamá siempre esta atareada, como una hormiga que nunca descansa, siempre encuentra tiempo para hablarle a sus plantas y mientras las riega… también les canta.

Desde hace unos dos años tengo el privilegio de alojar, en mi jardín, a una pareja de pajaritos (Zorzales pechirrojo o también conocidos como Robin Americano) Cada primavera llegan desde el estado de Florida, donde pasan el invierno. Sin prisa y sin pausa comienzan a construir su nido en algún lugar resguardado del viento, la lluvia y animales salvajes, en el fondo de casa.

En este mes del amor me siento inundada de recuerdos que hicieron historia en mi corazón. Aquellos eventos que al pasar los años, me fueron enseñando lo que realmente significa para mi, el amor. Cuando era niña, lo percibía con ojos más puros y algunas cosas se gravaron más que otras. En esos años, para mi el amor era: ver a mi madre sentada  frente de la máquina de coser a pedal, perdida en su mundo de creatividad; confeccionando ropitas para sus nenes, delantales para cocinar, cortinados o manteles. Era ver a mis padres darse un beso cada vez que papá se iba o venia del trabajo. Era darnos un beso de buenos días y buenas noches entre hermanos y un abrazo y beso a mamá y papá, acompañado de un “Te quiero mucho”. Era ver a mi querido viejo escribir un poema de amor en una servilleta y dejarlo debajo del mate, para que su amada lo encontrase por la mañana al llegar el alba. El amor era sentarnos a la mesa todos juntos cada día y escuchar atentos las anécdotas del papi y su trabajo, sus chistes malos y sus amados tangos; o los planes de mamá de fiestas futuras, compras y costuras. Era admirar la última tarjeta del “Prode” que compró el viejo, siempre soñando con mejores momentos. Era respirar el perfume inusual del “baúl de recuerdos de inmigrante” de mi pobre viejo. Lo mejor de cada cena era reír y aplaudir al llegar el postre a la mesa.

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