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Home Turismo Articulos filtrados por fecha: Agosto 2009
Miércoles, 05 de Agosto de 2009 15:00

Un día como cualquier otro

Ese día Irene y yo tomábamos café en la cocina de la casa, sentados frente a la estufa encendida. Treinta minutos antes Andrés, nuestro único hijo, había salido para el trabajo. Andrés trabajaba desde hacía un año en una filial de la compañía telefónica. Nos acordábamos de la fecha con exactitud porque era el día del cumpleaños de Custer, nuestro gato, e Irene para eso, al menos para Custer (es broma), tenía una memoria de prodigio. No era necesariamente una fortuna lo que nuestro hijo ganaba colgando cables de teléfonos entre los postes, pero le resultaba suficiente para solventar los gastos de una carrera de abogacía que había tenido que dejar por la mitad y para darnos una buena mano a Irene y a mí. Previo a eso, había estado buscando sin éxito un empleo administrativo en algún estudio de abogados. Soy jubilado del estado, e Irene, cinco años menor que yo, hacía tejidos por encargue. Daba gusto verla moviendo las manos y los dedos con inigualable velocidad. Debo añadir que trabajé durante más de veinticinco años para el municipio de Etcheverría, en el departamento de obras públicas, los primeros tres años de peón y el resto de oficial albañil. En una ocasión, es que a veces nos daban ganas de tener independencia económica y, por sobre todo, de ser nuestros propios jefes, hicimos el ensayo de instalarnos con una tienda de tejidos artesanales cerca de Retiro, pero el capital que teníamos no era gran cosa y terminamos en la quiebra dos meses después de eso. Hubiera dado cualquier cosa, ¡lo que sea!, para que Andrés no tuviera que salir a trabajar, pero los trescientos pesos que yo ganaba no alcanzaban para cubrir los gastos del mes. De ese dinero, más de la mitad se nos iba en el pago de las expensas y las facturas del gas y de la electricidad. El remanente, ciento veinte o ciento treinta pesos, lo usábamos para comprar alimentos y, cuando se podía, alguna ropa. Hacíamos un único surtido grande los sábados, porque era cuando había más precios de oferta en el mercado. Antes de jubilarme vivíamos un poco mejor, mi espalda estaba bien y podía hacer algún trabajo extra. Durante un tiempo, incluso, pudimos ahorrar dinero. Había aprendido el oficio de albañil en mi juventud, trabajando con mi padre. Mi padre podría haber sido un brillante maestro de obras si no hubiera mantenido con el alcohol tan estrecha relación. De modo que, aparte de la municipalidad, me defendía en la construcción. No tenía un grado técnico como mi padre, pero sabía trabajar y bien. Cuando llegué a los cincuenta años me dañé dos vértebras y ya nada fue igual. «Se terminaron los trabajos de fuerza», me dijo el médico con ese tono impasible, como hablan ellos cuando tienen que dar una noticia así. « ¿Este tipo qué sabe de la vida?», me pregunté. «Deje de trabajar y coma aire», le faltó decirme. Así fue que surgieron los gastos médicos y, peor todavía, la jubilación anticipada. De manera que pasé a ganar quinientos pesos menos en un abrir y cerrar de ojos.

Publicado en Cuentos Inéditos
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